Hace rato que no se escucha nada, al fin hay silencio. Hace calor pero la casa parece estar fría
como el hielo. Hay un jarrón roto a la entrada, aquel que compró
con su mejor amiga en unos de sus viajes por el mundo; las llaves en
el suelo, y bueno, no hablemos de su habitación... Los tacones
estaban cada uno en una punta de la habitación, los peluches estaban
todos tirados por el suelo, la americana que tan cara le costó
reposaba a los pies de la cama y ahí, entre la penumbra, se
encontraba ella. La almohada está húmeda y llena de maquillaje.
Ella, por otra parte, se encuentra boca abajo con su osito de peluche
al lado. 21 años y aún tiene la manía de abrazarlo cuando está
mal.
Su móvil iluminó parte de la
habitación cuando su mejor amiga empezó a llamarla. Media hora
antes le había mandado un mensaje diciéndole que la necesitaba más
que nunca y que ya estaba en el apartamento. La vibración consiguió
levantarla pero cuando fue a descolgar, la llamada cesó. Se
incorpora con cuidado y unas ganas tremendas de vomitar la invaden
totalmente. Se levanta de la cama y consigue llegar a tientas al
cuarto de baño. Después de aquel momento tan repugnante, e
innecesario a su parecer, se mira al espejo. La pintura se le ha
corrido completamente, los ojos los tiene totalmente hinchados, y
parte de su vestido rosa de palabra de honor está manchado.
Entra en la habitación y enciende la
luz, cualquiera diría que un tifón acababa de pasar por ahí, y tal
vez sí, pero de rabia, de impotencia. La cabeza le da vueltas y se
tumba. Mira el móvil, 7 llamadas perdidas; 4 de su mejor amiga y 3
de.. bueno, de él. Mira entre los mensajes enviados y encuentra dos
que fueron mandados a las 5 de la mañana. De repente siente una
punzada en el corazón y todo lo que había pasado en aquella noche
de verano pasa como una película por sus ojos. ¿Qué haría ahora
eh? ¿Qué?


