La toalla cae al suelo dejando al descubierto su esbelta figura y aquel tanga de seda que se compró la semana pasada. La mira atónito, su cuerpo para él es un paraíso en el cual se perdería un millón de veces más. Se pasea a su lado sabiendo que lo está volviendo loco. Se inclina junto a él para coger el sujetador que había quedado rezagado a los pies de la cama y al subir acaricia la entrepierna del que horas antes estaba besando cada lunar existente en su cuerpo. Lo mira con cara de traviesa y saca la lengua. Sabe de sobra que no puede resistirse a su encanto femenino. Observando sus miradas, cualquiera diría que está a punto de estallar la Tercera Guerra Mundial entre esas cuatro paredes de nuevo.
Recorre con sus grandes manos su cadera hasta llegar a sus omoplatos. La tumba encima de él, ahora sus sugerentes pechos rozan el pectoral recién depilado de él. Y empiezan las caricias, los besos en el cuello y el jugueteo de las lenguas. La libido comienza a aumentar en aquella tarde-noche de pleno Mayo, aunque pronto se estabiliza cuando el teléfono suena, reteniendo el deseo carnal de aquel par de adolescentes. Levanta la cabeza y mira el reloj, las diez y cuarto. Se levanta rápidamente y se pone el sujetador. Él, jadeante, observa como su gran debilidad se maquilla a toda prisa. Otra vez ha sucumbido a sus encantos.
Coge los vaqueros de pitillo oscuros que había dejado en la silla del escritorio y da un saltito para ponérselos del todo. Elige velozmente la blusa celeste de palabra de honor y se la pone. Se sienta al lado de ese hombre tan jodidamente atractivo mientras termina de ponerse los tacones. Lo mira, le besa y sonríe. Ya está casi terminada, ¡y en apenas 10 minutos! Nadie podría llegar a imaginar que una mujer tardara tan poco en arreglarse. Se levanta y se mira en el espejo mientras aquellas gotas de vainilla empiezan a caer lentamente por su cuello. Parece salida de una pasarela, aunque tal vez le haría falta crecer un poco más para tener la estatura perfecta. Pero a ella eso no le preocupa, ha aprendido a quererse a si misma y a vivir el ahora, el presente, sin tener en cuenta lo que podrá pasar en un futuro y ya sólo mira atrás para ver en el espejo el culazo que le hacen los vaqueros.
-¿Nos vamos, guapo?-le pregunta mientras coge el casco de la moto.
-Claro, preciosa.-le responde poniéndose bien el cuello de la camisa.
Salen de la casa y bajan a la cochera.
-¿Te dejo en casa? Me pilla de camino.
-Si no te importa si, no quiero ser molestia.
-Anda sube, y deja de decir estupideces enano.
Apenas tardan en llegar unos cinco minutos. Ambos bajan de la moto y mientras ella guarda el casco que le había dejado, él tan sólo la observa. "Es preciosa" piensa.
-Bueno, me tengo que ir que voy a llegar tarde. Gracias por esta tarde tan... Estupenda.
-Cuando quieras repetimos.
Ella se limita a darle un beso y se va alejando con la moto. Es tan brutalmente ella, tan brutalmente besable.
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