jueves, 10 de julio de 2014

Alivio.

Este siempre ha sido su lugar favorito cuando siente que el mundo se le viene encima y, bueno, cuando no se le viene también lo es. Tiene vistas de toda la ciudad y por supuesto de aquel gran faro que con su luz diferencia el mar infinito. Asimismo, es el lugar donde pasaba las tardes con su abuelo. Allí le contaba miles de historias de la cuidad, del faro y de todo lo que él había vivido. Lo echa tantísimo de menos que pagaría todo el oro del mundo por verlo y abrazarlo una vez más.
Se echa para atrás y observa su tatuaje de la cadera. Se tatuó aquella ancla en su recuerdo y de aquel lugar. Desde que lo tiene lo siente más cerca, aunque sabe que está demasiado lejos de ella. Se detiene a mirar el centenar de constelaciones que decoran el cielo, una de ellas tiene forma de corazón. Sonríe. Sin duda alguna es una noche perfecta para estar acompañada. Tal vez si lo llamara iría a buscarla. Suspira y mira el móvil. Nada, no la ha llamado. Seguro que está demasiado ocupado como para acordarse de esta niña infantil. Su abuelo siempre le decía que a los hombres les solía gustar las chicas un poco alocadas y con su toque de niñas chicas. Ella será la excepción que confirma la regla, o al menos eso piensa. Quizás él sabría qué decirle en esta cosa llamada amor. Opinaría sobre si es mejor continuar y arriesgarse o dejarlo pasar.
Supongo que mientras tanto sólo queda imaginar que al final se le acabarán yendo esas historias de la cabeza y qué irónico, cada vez que lo piensa, cada vez le gusta más.

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