Son las once y media de la noche y su habitación es la única que sigue encendida en la casa. Está cansada, lleva todo el día estudiando aunque no ha conseguido los resultados que pretendía obtener en esa larga tarde entre libros.
Le vuelve a despistar la vibración de su móvil, otra llamada pérdida. Ya van 5. No tiene ganas de hablar con nadie. Sólo quiere estar sola, o quizás sólo necesita un abrazo en el que termine derramando esas lágrimas que le molestan en los ojos pero son tremendamente tímidas para salir. Decide dejar de estudiar y cierra el enorme libro de psicología que tanto estrés le causa. Se mira al espejo y se da cuenta de la mala cara que tiene. Suspira. Mira el móvil de nuevo; 90 mensajes de 7 conversaciones. No tiene ganas de dar explicaciones así que lo vuelve a bloquear y busca entre los cajones el paquete de tabaco que compró esa misma mañana. Se asegura de que sus padres están dormidos y sale al balcón. Qué irónico, ella que dijo que nunca fumaría ahí está, relajándose con cada calada que da.
Debe ser frustrante esforzarse al máximo para conseguir muy poco, o directamente no conseguirlo.
-¿Qué harías tú en mi situación abuelo? Baja y échame una mano que siento que no puedo...
Una lágrima empieza a recorrer su mejilla. Nunca perderá la costumbre de mirar al cielo para hablarle a su abuelo, sabe que al menos él si la escucha aunque nunca obtenga respuesta. Siempre quiso poder llegar a conocerlo, al menos haber podido darle un beso. Su abuela cada vez que puede le recuerda que él siempre había querido tener nietas, para poder mimarlas y tratarlas como unas princesas. Tal vez eso y el hecho de tener los mismos ojos que él es lo que la llena tanto de tristeza.
Apaga lo que le queda de cigarro y se sienta en el suelo. Ha refrescado y aquella noche de Mayo se ha convertido en una noche perfecta para que una pareja de enamorados salgan a besarse en cada rincón de la silenciosa ciudad.
Tal vez debería de haberle cogido el móvil, pero sabe que si lo hacía acabaría llorando como una magdalena. Ojalá estuviera ahí, lo necesita.
-¡ENANA!- el grito la asusta por un momento.
Se levanta y se acerca despacio a la barandilla.
-¿Qué haces aquí a estas horas? - responde totalmente sorprendida.
-No me cogías el móvil y estaba preocupado.
-Pero es muy tarde, no deberías de haber venido hasta aquí.
-Anda calla y ábreme la puerta que necesito darte un beso.
Se hace la indignada pero sus ánimos acaban de subir como la espuma. Abre con cuidado la puerta y ahí está él, algo despeinado pero tan guapo como siempre.
-Mi vida, estaba preocupado.
-Lo siento, no quería...
Y antes de que terminara la frase, se lanza hacía ella y le da un beso. Un beso que la hizo entrar en calor y no sentir el frío de la soledad.
-No me vuelvas a dar estos sustos, si te pasa algo me muero.
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