miércoles, 4 de junio de 2014

Dulce tentación.

Recorro con la yema de mis dedos su espalda, aquella que horas antes estaba siendo arañada con mis propias uñas. Se ha quedado dormido después de un encuentro fortuito pero a la vez totalmente ansiado. Qué loca es esta situación, y que digna de repetir una infinidad de veces más. Quien me diría a mi que al entrar por esa puerta acabaría en esta cama. Dijimos de quedar para estudiar, y bueno, podríamos decir que la anatomía la hemos estudiado bien, aunque que pena que ninguno de los dos tenga esa asignatura en la carrera. 
Me levanto con cuidado de no despertarlo y entro al cuarto de baño. No creo que le importe que me de una ducha así que abro el grifo y mientras sale agua caliente me hago una coleta. Me tapan los ojos y por un momento me pregunto quien podrá ser (pregunta estúpida la mía, sí). Sonrío y le pellizco el culo. Hace como si se quejara pero no lo consigue. Me mira fijamente sonriente y tras un buen rato sin mediar palabra me da un largo beso, de esos que te erizan la piel y te dejan sin aliento. 
-¿Quieres que me duche contigo? - me pregunta.
-Claro que sí, eso ni se pregunta. 
El agua está a la temperatura perfecta, y combinada con sus caricias estoy rozando el paraíso de nuevo. La verdad me pregunto porqué me habré hecho una coleta si al final se me ha mojado el pelo. Él y sus impulsos incontrolables de estamparme contra la pared y hacer que el agua de la ducha nos empape son los culpables de dicho hecho. Aunque bueno, admito que esta vez  la culpa fue mía. Y es que, la tensión existente en ese mismo instante en aquel cuarto de baño superaba lo inimaginable. No me considero culpable de esta lujuria que se apodera de mi cuerpo y alma cuando estoy con este estúpido y sensual hombre digno de admirar. 
Ahora mismo está enjabonándome con delicadeza la espalda y un escalofrío recorre cada centímetro de mi cuerpo en apenas un instante. Me doy la vuelta y lo miro. Empiezo a enjabonarle el torso sin quitarle la mirada. Cada segundo que pasa siento que se aproxima algo incontrolable, y digo incontrolable porque es algo que aunque se pueda detener, el deseo es superior a la propia fuerza de voluntad. Me detiene la mano y hace que suelte la esponja. Pega mi cuerpo al suyo y me besa. Empieza por mis labios y prosigue por mi cuello y la oreja, sabe demasiado bien mis puntos débiles. Su mano rodea mi pequeña cintura y yo me dejo llevar, una vez más. 


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