Recorro con la yema de mis dedos su espalda, aquella que horas antes estaba siendo arañada con mis propias uñas. Se ha quedado dormido después de un encuentro fortuito pero a la vez totalmente ansiado. Qué loca es esta situación, y que digna de repetir una infinidad de veces más. Quien me diría a mi que al entrar por esa puerta acabaría en esta cama. Dijimos de quedar para estudiar, y bueno, podríamos decir que la anatomía la hemos estudiado bien, aunque que pena que ninguno de los dos tenga esa asignatura en la carrera.
Me levanto con cuidado de no despertarlo y entro al cuarto de baño. No creo que le importe que me de una ducha así que abro el grifo y mientras sale agua caliente me hago una coleta. Me tapan los ojos y por un momento me pregunto quien podrá ser (pregunta estúpida la mía, sí). Sonrío y le pellizco el culo. Hace como si se quejara pero no lo consigue. Me mira fijamente sonriente y tras un buen rato sin mediar palabra me da un largo beso, de esos que te erizan la piel y te dejan sin aliento.
-¿Quieres que me duche contigo? - me pregunta.
-Claro que sí, eso ni se pregunta.
El agua está a la temperatura perfecta, y combinada con sus caricias estoy rozando el paraíso de nuevo. La verdad me pregunto porqué me habré hecho una coleta si al final se me ha mojado el pelo. Él y sus impulsos incontrolables de estamparme contra la pared y hacer que el agua de la ducha nos empape son los culpables de dicho hecho. Aunque bueno, admito que esta vez la culpa fue mía. Y es que, la tensión existente en ese mismo instante en aquel cuarto de baño superaba lo inimaginable. No me considero culpable de esta lujuria que se apodera de mi cuerpo y alma cuando estoy con este estúpido y sensual hombre digno de admirar.
Ahora mismo está enjabonándome con delicadeza la espalda y un escalofrío recorre cada centímetro de mi cuerpo en apenas un instante. Me doy la vuelta y lo miro. Empiezo a enjabonarle el torso sin quitarle la mirada. Cada segundo que pasa siento que se aproxima algo incontrolable, y digo incontrolable porque es algo que aunque se pueda detener, el deseo es superior a la propia fuerza de voluntad. Me detiene la mano y hace que suelte la esponja. Pega mi cuerpo al suyo y me besa. Empieza por mis labios y prosigue por mi cuello y la oreja, sabe demasiado bien mis puntos débiles. Su mano rodea mi pequeña cintura y yo me dejo llevar, una vez más.
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