lunes, 19 de mayo de 2014

Divino deseo.

Tan sólo se escuchan sus risas. Son tan sencillas y verdaderas al igual que sus sonrisas, que es todo un honor poder contemplarlas. 
-¿Sabes la cara de felicidad que se te pone al ver niños pequeños?
Gira la cabeza y se encuentra con su mirada. Para él el mayor placer es poder ver su rostro y el brillo de sus pequeños ojos verdes cuando un niño pequeño está cerca de ellos. La ve sonreír y parece que se le ilumina el alma.
-¿Y tú sabes con la ternura que tus ojos me miran a mi?
Se sonroja, y se ríe. 
-Imbécil.
-Te encanto y lo sabes de sobra, guapo.- Y le da un beso en la mejilla.
Aquella calurosa tarde le recuerda a su infancia, a aquellos días que salía al parque a jugar con la pelota acompañada de su papá. Que rápido ha pasado el tiempo. Ahora es toda una mujer con millones de responsabilidades encima, y parece que fue ayer cuando lo que más le preocupaba era que su madre no la dejara dormir con todos sus peluches las noches de tormenta. Sonríe al recordarlo. Siempre les pedía perdón a los que dejaba encima del baúl y se quedaba dormida abrazando a los otros, tan sólo le bastaba con eso para sentirse segura. Ahora en cambio ha sustituido a su osito de peluche por aquel maravilloso chico que está a su lado y que tan loca la tiene. Quién diría que 18 años después de aquellas tardes de saltos sobre el sofá, ya se habría independizado, y que sólo tendría tiempo de visitar a sus padres cuando los estudios, el trabajo y su noviazgo se lo permitían.
Saca las llaves de su bolso y abre la puerta. La verdad es que no se puede quejar, tiene un estupendo piso tipo loft como siempre había soñado. Suelta sus cosas en el cuarto y nota que él la ha seguido por detrás. Se queda quieta, y nota su aliento tras su nuca. Sus suaves manos acarician su espalda descubierta. Un beso en el hombro hace que se estremezca. Se da la vuelta y lo ve ahí, quieto y con una mirada penetrante. El choque de ambas miradas hacen que centenas de chispas aparezcan entre ellos. Él se acerca lentamente a sus labios mientras que a ella se le acelera el corazón. La agarra de la cintura y la besa. No era un beso cualquiera por supuesto, era un beso que hacía revolotear con más fuerza las mariposas que anidaban en sus estómagos. La coge y la estampa contra la pared. Un nuevo encuentro de pasiones está por llegar. 
Sus respiraciones entrecortadas delatan el anhelo de ambos. El tirante derecho cae con delicadeza por su hombro, e instantes más tarde cae el otro. El vestido se desliza por sus curvas hasta que se encuentra totalmente en ropa interior. Lo mira desafiante y empieza a desnudarle. Ahora si que están en igualdad de condiciones, aunque en cuestión de segundos ambos cuerpos se encuentren totalmente desnudos en aquella cama de matrimonio, abrazando al placer en cada movimiento. 
Y sí, fue así como una vez más el atardecer fue acompañado por el amor y el deseo, sin prejuicios, sin dudas, sin juegos de niños pequeños...

martes, 13 de mayo de 2014

Brutalmente fugaz.

La toalla cae al suelo dejando al descubierto su esbelta figura y aquel tanga de seda que se compró la semana pasada. La mira atónito, su cuerpo para él es un paraíso en el cual se perdería un millón de veces más. Se pasea a su lado sabiendo que lo está volviendo loco. Se inclina junto a él para coger el sujetador que había quedado rezagado a los pies de la cama y al subir acaricia la entrepierna del que horas antes estaba besando cada lunar existente en su cuerpo. Lo mira con cara de traviesa y saca la lengua. Sabe de sobra que no puede resistirse a su encanto femenino. Observando sus miradas, cualquiera diría que está a punto de estallar la Tercera Guerra Mundial entre esas cuatro paredes de nuevo. 
Recorre con sus grandes manos su cadera hasta llegar a sus omoplatos. La tumba encima de él, ahora sus sugerentes pechos rozan el pectoral recién depilado de él. Y empiezan las caricias, los besos en el cuello y el jugueteo de las lenguas. La libido comienza a aumentar en aquella tarde-noche de pleno Mayo, aunque pronto se estabiliza cuando el teléfono suena, reteniendo el deseo carnal de aquel par de adolescentes. Levanta la cabeza y mira el reloj, las diez y cuarto. Se levanta rápidamente y se pone el sujetador. Él, jadeante, observa como su gran debilidad se maquilla a toda prisa. Otra vez ha sucumbido a sus encantos.
Coge los vaqueros de pitillo oscuros que había dejado en la silla del escritorio y da un saltito para ponérselos del todo. Elige velozmente la blusa celeste de palabra de honor y se la pone. Se sienta al lado de ese hombre tan jodidamente atractivo mientras termina de ponerse los tacones. Lo mira, le besa y sonríe. Ya está casi terminada, ¡y en apenas 10 minutos! Nadie podría llegar a imaginar que una mujer tardara tan poco en arreglarse. Se levanta y se mira en el espejo mientras aquellas gotas de vainilla empiezan a caer lentamente por su cuello. Parece salida de una pasarela, aunque tal vez le haría falta crecer un poco más para tener la estatura perfecta. Pero a ella eso no le preocupa, ha aprendido a quererse a si misma y a vivir el ahora, el presente, sin tener en cuenta lo que podrá pasar en un futuro y ya sólo mira atrás para ver en el espejo el culazo que le hacen los vaqueros.
-¿Nos vamos, guapo?-le pregunta mientras coge el casco de la moto.
-Claro, preciosa.-le responde poniéndose bien el cuello de la camisa. 
Salen de la casa y bajan a la cochera.
-¿Te dejo en casa? Me pilla de camino.
-Si no te importa si, no quiero ser molestia.
-Anda sube, y deja de decir estupideces enano.
Apenas tardan en llegar unos cinco minutos. Ambos bajan de la moto y mientras ella guarda el casco que le había dejado, él tan sólo la observa. "Es preciosa" piensa. 
-Bueno, me tengo que ir que voy a llegar tarde. Gracias por esta tarde tan... Estupenda.
-Cuando quieras repetimos.
Ella se limita a darle un beso y se va alejando con la moto. Es tan brutalmente ella, tan brutalmente besable.

martes, 6 de mayo de 2014

Come what may.

Son las once y media de la noche y su habitación es la única que sigue encendida en la casa. Está cansada, lleva todo el día estudiando aunque no ha conseguido los resultados que pretendía obtener en esa larga tarde entre libros. 
Le vuelve a despistar la vibración de su móvil, otra llamada pérdida. Ya van 5. No tiene ganas de hablar con nadie. Sólo quiere estar sola, o quizás sólo necesita un abrazo en el que termine derramando esas lágrimas que le molestan en los ojos pero son tremendamente tímidas para salir. Decide dejar de estudiar y cierra el enorme libro de psicología que tanto estrés le causa. Se mira al espejo y se da cuenta de la mala cara que tiene. Suspira. Mira el móvil de nuevo; 90 mensajes de 7 conversaciones. No tiene ganas de dar explicaciones así que lo vuelve a bloquear y busca entre los cajones el paquete de tabaco que compró esa misma mañana. Se asegura de que sus padres están dormidos y sale al balcón. Qué irónico, ella que dijo que nunca fumaría ahí está, relajándose con cada calada que da. 
Debe ser frustrante esforzarse al máximo para conseguir muy poco, o directamente no conseguirlo. 
-¿Qué harías tú en mi situación abuelo? Baja y échame una mano que siento que no puedo...
Una lágrima empieza a recorrer su mejilla. Nunca perderá la costumbre de mirar al cielo para hablarle a su abuelo, sabe que al menos él si la escucha aunque nunca obtenga respuesta. Siempre quiso poder llegar a conocerlo, al menos haber podido darle un beso. Su abuela cada vez que puede le recuerda que él siempre había querido tener nietas, para poder mimarlas y tratarlas como unas princesas. Tal vez eso y el hecho de tener los mismos ojos que él es lo que la llena tanto de tristeza. 
Apaga lo que le queda de cigarro y se sienta en el suelo. Ha refrescado y aquella noche de Mayo se ha convertido en una noche perfecta para que una pareja de enamorados salgan a besarse en cada rincón de la silenciosa ciudad.
Tal vez debería de haberle cogido el móvil, pero sabe que si lo hacía acabaría llorando como una magdalena. Ojalá estuviera ahí, lo necesita.
-¡ENANA!- el grito la asusta por un momento.
Se levanta y se acerca despacio a la barandilla.
-¿Qué haces aquí a estas horas? - responde totalmente sorprendida.
-No me cogías el móvil y estaba preocupado.
-Pero es muy tarde, no deberías de haber venido hasta aquí.
-Anda calla y ábreme la puerta que necesito darte un beso.
Se hace la indignada pero sus ánimos acaban de subir como la espuma. Abre con cuidado la puerta y ahí está él, algo despeinado pero tan guapo como siempre. 
-Mi vida, estaba preocupado.
-Lo siento, no quería...
Y antes de que terminara la frase, se lanza hacía ella y le da un beso. Un beso que la hizo entrar en calor y no sentir el frío de la soledad.
-No me vuelvas a dar estos sustos, si te pasa algo me muero.